Hay un momento, en casi cualquier proyecto de cálculo estructural, en que aparece la pregunta incómoda: ¿es esta malla lo bastante buena? El solver ha convergido, el informe está casi listo, y cambiar de mallado significaría volver a empezar. Es exactamente entonces cuando hay que preguntarlo.

La trampa de la convergencia

Cuando un solver dice que ha convergido, lo único que afirma es que el residuo del sistema lineal —o no lineal— está por debajo de un umbral. Eso es una propiedad del cálculo, no del problema físico. Una malla pobre puede converger perfectamente hacia una respuesta que no tiene nada que ver con la realidad.

Convergencia del solver y convergencia de malla son cosas distintas. Confundirlas es el error más caro que se comete en cálculo.

Lo que importa es la independencia de malla: que la magnitud de interés —tensión máxima, frecuencia natural, factor de seguridad— deje de cambiar significativamente cuando refinas. Si al duplicar el número de elementos la tensión sube un 18%, no tienes un resultado: tienes una hipótesis.

Tres señales de que tu malla miente

1. Concentradores de tensión sin gradiente visible. Si haces zoom en un radio crítico y el contorno de Von Mises se ve como dos o tres bandas planas, tu malla no está resolviendo el gradiente.

2. Distorsión de elementos cerca de cambios de geometría. Aspect ratio > 10 o jacobianos negativos son banderas rojas. Más sutil: elementos de transición tetraédrica entre zonas hex — casi siempre son ruido numérico esperando hacerse pasar por física.

3. Resultados que dependen del orden de integración. Si pasar de integración reducida a completa cambia tu tensión más de un 5%, no es la integración: es la malla pidiéndote ayuda.

El estudio formal: convergencia en h

La forma honesta de cerrar el debate es un estudio de h-refinement: tres niveles de malla con un factor de refinamiento r ≈ 2, y observar cómo evoluciona la cantidad de interés. Con p cercano a 2 para elementos de segundo orden bien planteados, puedes extrapolar a malla infinita usando Richardson y reportar el GCI (Grid Convergence Index). Es media hora de trabajo y convierte tu informe en otra cosa: deja de ser una opinión y pasa a ser una medida con barras de error.

Fig. 1 — Convergencia típica de σ máx con refinamiento sucesivo. La línea punteada es la extrapolación de Richardson.

Cuándo no merece la pena

En análisis preliminares —los que sirven para descartar opciones, no para firmar un cálculo— una malla razonable y una nota explícita en el informe son suficientes. El problema aparece cuando ese análisis preliminar viaja, sin esa nota, hasta una decisión de fabricación.

Mi regla práctica: cualquier número que vaya a un informe firmado, a un plano cotado o a una decisión irreversible debe venir de una malla cuya independencia haya sido medida, no asumida.

Un apunte sobre refinamiento adaptativo

Las herramientas modernas ofrecen refinamiento adaptativo basado en estimadores de error. Funcionan bien para problemas suaves y bien planteados. Funcionan mal cuando el error real está en una singularidad (esquinas vivas, cargas puntuales, contactos): el estimador refina sin parar y la solución no converge porque no debería. Si tu modelo tiene singularidades, lo que necesitas no es más mallado: necesitas reformular el modelo.

# Criterios mínimos antes de aceptar una malla
element_order     = 2           # segundo orden por defecto
aspect_ratio_max  = 5           # >10 es siempre malo
skewness_max      = 0.7         # tets equiláteros si se puede
growth_rate       = 1.2         # transición suave
refine_at         = ["radii", "contacts", "loads"]

La pregunta «¿es esta malla lo bastante buena?» no se responde mirando la malla. Se responde mirando cómo cambian los resultados cuando la malla cambia.

FIN